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"Una Mexicana en Uganda"

"Una Mexicana en Uganda"

Qué?”, es lo único que salió de su boca. Aún y cuando mi papá tiene problemas de audición, creo que su “qué” era más bien para asegurarse de que había escuchado mal cuando su única hija le había dicho que se iba a ir tres meses a Uganda. Sola. Bueno, sola hasta cierto punto porque mi prima que es más hermana que prima, vivía en Kampala, la capital, y me iba a estar quedando en su casa.

Tenía 22 años y me encontraba perdida y sobre todo ansiosa por salirme de mi casa, aún y cuando sea sólo por unos meses; así que junté todo lo que tenía ahorrado y me compré un boleto de avión con destino a Entebbe.

El viaje era el siguiente: Monterrey — Houston — Dubai — Entebbe, con una escala de 12 horas en Dubai, y claro, al no conocer Dubai decidí tramitar una visa desde Monterrey para poder salir del aeropuerto y conocer un poco, pero bueno, esa es otra historia.

El mercado más grande de Kampala, Owino Market.

Cuando porfin aterricé en Entebbe, una población a unos 30 km en las afuera de la capital donde se encuentra el aeropuerto internacional de Uganda, la aeromosa anuncia que saquemos nuestras cartillas de vacunación porque es lo primero que nos van a pedir al bajarnos del avión. Teniendo mi cuadernito amarillo con un sello que aseguraba que tenía mi vacuna contra la fiebre amarilla, bajé del avión y dije,

¿Qué $%)/ estoy haciendo aquí? Dije esta última frase más de 250,000 veces en tres meses.”

Al pasar por migración, pagué 50 USD para mi visa (sólo válida por una entrada) y fui a buscar a King, el chófer que había contratado mi prima para que me recogiera (él fue mi primer amigo en Uganda). Al encontrarlo, nos subimos mi mochila, él, y yo en camino a Kampala.

Mi prima, su esposo, yo, y el Rio Nilo.

Durante tres meses, iba a estar viviendo con mi prima y su esposo, que ambos, por obra del destino, acabaron trabajando en ese rincón olvidado del planeta. Debido a que trabajaban muchísimo, convivíamos solamente en las noches, y ocasionalmente en el desayuno, antes de que los tres nos fuéramos a trabajar.

Desde el inicio, yo sabía que quería trabajar en una ONG, pero me rehusaba a ir a esas

“Organizaciones posh” donde te pedían aportar una considerable cantidad de ocho mil dólares, con afiliación religiosa y mucho menos con enfoque “misionero”.

Quería ir a un lugar donde verdaderamente me aceptaran por mis cualificaciones y sobre todo, mis ganas por trabajar.

Por tres meses trabajé en Action For Fundamental Change and Development (AFFCAD), una organización que se dedica a erradicar la pobreza en Bwaise, el barrio más problemático en Kampala.

Siendo crítica, Bwaise es la imagen que uno pensaría al escuchar la palabra “África” — tierra naranja, casitas a punto de caerse, niños desnudos, basura, y agua contaminada corriendo a lo largo de las calles.

La gran mayoría de los habitantes de este barrio tienen que recurrir al mercado negro, narcotráfico, tráfico de personas, y a la prostitución para poder poner comida en la mesa. La gran mayoría de las personas que viven en Bwaise no llegan a sobrepasar los 30 años debido al alto índice de VIH/SIDA y enfermedades sexuales, y por ende, causa que muchos niños queden huérfanos.

Bwaise, el barrio donde trabajaba.

Es por eso que tres hombres (mis jefes) que vivían en ese barrio, crearon AFFCAD, una organización que ayuda a sus habitantes a recibir educación técnica y conocimientos básicos para que tuvieran otras oportunidades para salir adelante. Al igual que crearon una escuela para proporcionar una educación primaria gratuita para todos los niños del barrio.

Mis jefes. Falta Meddi.
En otras palabras yo era “todóloga”, en donde me necesitaban, ahí estaba.

Aprendí a dar clases de costura, de peluquería, fui maestra de niños de tres años, pinté una oficina, di educación sexual, trapeaba, barría, conocí a Miss Universo de Uganda, organicé una fiesta, abrí una tienda de ropa, iba al baño en lugares higiénicamente dudosos, supe todo lo que se tiene que saber acerca de brujería local (no es broma), conocí a ex-traficantes de droga, ayudé a firmar un contrato con la Unión Europea, y comía rolex (un tipo de burrito con huevo, aguacate y cebolla, enrollado en una tortilla parecida a la de harina, hence the name, rolex, cuz’ it’s rolled, duh) en los puestos locales.

Izq. El famoso Rolex — Der. la principal fuente de agua para Bwaise

Este lugar también me dio a unas de las personas más importantes en mi vida, Tenzin (hey hey if you’re reading this, which you will probably not understand shhhhh·$·%$), Paige, Khayla, y Lijia. Estos cuatro pseudo canadienses son las personas más chidas que van a llegar a conocer. Tenzin, un indio tibetano que se la pasaba molestándome todo el día, era mi aliado, mi compañero de trabajo, mi mejor amigo, y al que le he llegado a aprender muchísimo. Fue él quien me presentó a sus amigos y de ahí, mis viernes ya no eran pidiendo comida thai viendo Game of Thrones en el sillón de mi prima, en pijamas, sola.

Tenzin interrumpiendo (típico) mi clase cuando substituía a la maestra

Aún y cuando ya tenía amigos, hice varios viajes sola en el cual logré hacer amistades con personas verdaderamente increíbles, y que hasta la fecha, sigo en contacto con ellos. Cómo Sandra, una noruega con la que llegué a compartir una tienda de campaña en Queen Elizabeth y combatimos a hipopótamos (uno de los animales más peligrosos en África) al querer ir al baño en la noche, y nos quedamos hasta las 4 de la mañana platicando sobre nuestras aspiraciones de vida y que jugador de fútbol se nos hacia más guapo. También Harold, un señor australiano de 82 años que llevaba viajando por el mundo por 3 meses que se sentaba conmigo después de la cena a tomar cerveza, hecharnos un cigarro, e intercambiar historias de nuestros viajes. O Mario, un italiano (guapísimo) con el que fui a buscar gorilas en Bwindi y me prestó dinero cuando bloquearon mi tarjeta por quererla usar en un pueblito en medio de la nada (la neta no culpo a Banorte, aunque me dejaron sin dinero por una semana), y con el que me sentaba a leer en las tardes y tomar el té.

 Mi soul sister. Lit.

En Stone Town con Tenzin y Lijia celebrando Ramadán.

Khayla y yo buceando en Tanzania

La idea de ir a África a ayudar a una comunidad siempre ha sido idealizada por muchos, y creen que no es difícil, pero la realidad es que habían días en los cuales me pesaba ir al trabajo, que dudaba si había hecho la decisión correcta de ir tanto tiempo. Había días que extrañaba mi casa, mi perro, a mi familia. También es triste ver a tanta gente viviendo en condiciones tan deplorables y en una pobreza tan extrema que verdaderamente dolía. Un día llegué a pensar que tenía malaria, pero resultó ser un virus que me tuvo en la cama por una semana con temperaturas de 40. Uganda es un país que el grupo terrorista Al-Shabaab ha atacado en diversas ocasiones, así que en todos los lugares públicos hay detectores de metal y mucha seguridad.

Acampando sola en Bwindi

Si piensas que México es desorganizado y caótico, Uganda es peor.

Digo, aprendes a reírte de todo y de toda situación que se te interponga, pero es difícil ser una mujer en Uganda, sobre todo al caminar sola por las calles.

Si les contara acerca de todas las personas que conocí y las aventuras que viví en este continente, serio, no acabaría.

“Este lugar me enseño muchas cosas de mí misma, me hizo reflexionar acerca de mi estilo de vida — agradecer muchas cosas que las daba por hecho, apreciar a la gente que tengo en mi vida, mi educación, inclusive mi presidente, aunque sea un “&/”/·&$%.”

Me hizo abrir mi perspectiva y quitar prejuicios, la importancia de cuidar el medio ambiente — les juro que me tardo 3 minutos en bañarme, porque se lo que cuesta caminar más de 5 km por una cubeta de agua. Esto no lo aprendí porque me fui a África o por qué me fui a un país sumamente lejos, lo aprendí porque iba con una mente abierta, con la disposición de aprender, y de conocer a gente con otra perspectiva, subirme al transporte público, dominar las selfies porque no había nadie que te tomará fotos, sentarme a platicar con el que me preparaba de comer, a cuidarme,

Aprendiendo a tomarme selfies.

“Sobre todo,a ser feliz, muy muy muy feliz en donde sea que esté.”
Por: Ana Chapa 
Instagram: @anichapag
Facebook: Ani Chapa Guajardo

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